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Carmen Domingo

Imbéciles ilustrados

Acabo de leer un artículo en rebelion.org que hace una crítica a los intenectuales de iquierdas firmada por Carlos Alonso, lo cuelgo porque no tiene desperdicio:

Dedicado a El País, por recordarme a diario que la opinión mayoritaria “de izquierdas” es una grandísima prostituta del poder económico.

¿Qué es un imbécil ilustrado?
La mayor basura intelectual, el más grande residuo de la irracionalidad. Aquél que atesora numerosos conocimientos pero es incapaz de sostener la conexión de estos con lo que acontece afuera, en la calle, más allá de su puerta y de su círculo de conocidos. El imbécil ilustrado sabe mucho acerca de nada. El imbécil ilustrado despliega un carácter dócil, frívolo y egocéntrico. El imbécil ilustrado, para que se hagan una idea, es aquella persona capaz de escribir doscientas páginas de una sola sentada sobre la “maleabilidad de las multitudes en un entorno acrítico” y luego creerse las líneas informativas de un editorial de El País o La Razón.
El imbécil ilustrado concibe su sabiduría como un yacimiento, un filón a explotar. Puesto que no quiere observar las consecuencias sociales y políticas de las opiniones que vierte, se puede considerar que el imbécil ilustrado no opina sino que es un opinador profesional. Este gusarapo insigne supedita siempre sus conocimientos a la utilidad de los mismos. Así, el objetivo de sus pensamientos está en todo caso preestablecido, preparado. Con él, siempre va el epílogo antes del análisis. El imbécil ilustrado sabe donde tiene que llegar para que su sabiduría resulte conveniente. Y sabe que se le retribuirá entonces con una sabrosa recompensa económica.
El imbécil ilustrado tiene, además, una característica peligrosa: un argumentario camaleónico que asume el color de su entorno. Cuando descubre el criterio más aceptado por la opinión pública se torna un rabioso defensor del mismo:
-Esto que defiendo, a rajatabla, señores. Sin medias tintas.
Como todo experto en camuflaje, el imbécil ilustrado mantiene el color de su entorno hasta que este cambia, circunstancia que le obliga a reemprender el proceso de camuflaje.
Converso eterno, el imbécil ilustrado es de doctrina estable y muy coherente. Me explicaré: para poder saltar al debate público el imbécil ilustrado se arrincona en una postura hermética y, desde esta, sacude zarpazos a todos los que no reconozcan la bondad intrínseca de la posición asumida. Como secuela de esta agresividad intelectual, el imbécil ilustrado se aleja cada vez más de cualquier pensamiento autocrítico. Esta “distancia de sí mismo” le impide retractarse de las opiniones vertidas, así reciba cien mil pruebas empíricas de su bochornosa equivocación. A esto me refiero cuando digo que los imbéciles ilustrados son coherentes: su pila de mierda siempre crece. Ellos ellos nunca limpian su rincón. No hay mierda, afirman. Con cada ataque que reciben, engordan su apuesta hasta que sus golpes ocasionales de razón se tornan convicciones férreas y estridentes.
Y de tan ruidosas, resultan hasta creíbles.

¿Quienes son los imbéciles ilustrados de nuestra época?
Imbéciles eruditos bien remunerados eran –y lo siguen siendo en su gran mayoría– Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Horacio Vázquez Rial, Joaquín Leguina, Fernando Sánchez Dragó, José Luis Cebrián, Gustavo Bueno y tantos otros pobladores de los medios de masas del estado español. Saber, saben un cojón. Pero ¿para quién? No, no me he equivocado, no quise preguntar “para qué” sino “para quién”. Elllos saben para el que pague mejor. Al fin y al cabo, están anhelando el Apocalipsis ¿quién puede culparles por intentar enriquecerse en la espera? Si todo se va a destruir y la humanidad es una entelequia, hagámonos entonces putas de los oligarcas, qué importa. Para un imbécil ilustrado la vida es un “mientras” y el pueblo una alfombra. Y el copyleft, ya directamente, la muerte por inanición.
Más que escritores, son aspirantes al Nobel. Eternos, reconcomidos aspirantes.
-¡Un día lo ganaré!- Se despierta sudando el célebre peruano londinense, enrojecido por el llanto.
En cuanto a medios de subsistencia, el imbécil ilustrado tiene un amplio elenco de posibilidades. La primera y más jugosa es formar parte del contingente de opinadores que los diferentes lobbies fomentan en sus respectivos medios de comunicación. Por ejemplo, si Cebrián emprende una de sus periódicas campañas contra Cuba, enseguida Vargas Llosa, Cabrera Infante, Zoe Valdés y Oswaldo Payá pasan a nómina. Disidentes S.A. (Soluciones en contrarrevolución): estamos a su servicio.
La segunda de sus oportunidades económicas es integrar la plantilla de una fundación con fines humanitarios. Poco importa que el planteamiento y la actitud de dicha corporación benéfica sean incoherentes entre sí y hasta contradictorios: por ejemplo, se puede machacar al pueblo mapuche y pertenecer a la fundación Pablo Neruda. O criticar todos los proyectos de emancipación latinoamericana y ser, a la vez, presidente de una sociedad de promoción institucional tipo “Humanismo y Democracia”. Todo vale.
La tercera y quizá más efectiva forma de subsistencia es la de escritor de tendencias. Que se habla de la globalización en toda tertulia, pues a publicar un libro especulando sobre teorías ajenas: “La globalización y sus pesquisas”. Que hay un conflicto armado en Irak, pues a mentir sobre los chiítas y los kurdos: “Diario de Irak”. Esto puede proyectarse a cualquier moda ideológica: la sostenibilidad, la gobernabilidad, la sociedad civil, el terrorismo, etc. Adentrándose en las páginas de cualquiera de las obras de un imbécil ilustrado, uno se da cuenta que sus teorías son puro lenguaje posmoderno: en lugar de formar un cuerpo teórico sólido inventan una palabra y polemizan alrededor de su contexto, como zánganos zumbando junto a la colmena.

¿Cómo puedo reconocer a un imbécil ilustrado?
Una característica esencial de los imbéciles ilustrados es su magnífica oratoria. Demuestran todo lo que saben con discursos empachados de sinónimos. Juegan al hombre-diccionario. Se enamoran de sus palabras mientras las dicen. Cuando interrogan, las conclusiones viajan escondidas en cada pregunta, porque ninguno de sus interlocutores tiene una respuesta que no hayan oído ya. No esperan nada nuevo de sus parroquianos, ninguna sorpresa. Nada puede pillarles a contrapié; los imbéciles ilustrados tienen todas las categorías en su cerebro. Como bibliotecarios metódicos colocan cada opinión en el estante correspondiente, con una etiqueta y una ficha de cartón (para tomarla prestada y ostentarla cuando sea necesario).

Frente al cosmos, el tonto erudito se refugia en una oratoria de parapeto, una fantástica guarida; tras ella se puede pasar del nihilismo de Fukuyama a una metafísica democristiana según se aborde un tema u otro. El eje es el escepticismo, un escepticismo monolítico, infranqueable. Nihilismo, razón cínica y argumentación sofista. Gracias a ello, los imbéciles ilustrados hipnotizan por la cantidad de abstracciones que pueden evocar en apenas un charlita. Sus palabras son una espiral negra que da vueltas sobre un fondo blanco. Durante una sola de sus peroratas son cabalmente capaces de unir, en una voltereta retórica con doble tirabuzón, los conceptos “terrorismo”, “globalización”, “deslocalización”, “milenarismo”, “libertad” y “democracia”. Después, caen de pie, sacan pecho y llega la ovación.
Un imbécil ilustrado no es nada sin la ovación. Vive para ella.
Estos bobos cultivados, generalmente, han sido buenos escritores en algún momento de su vida por lo que aún conservan notables dotes de redacción. Pero su letra escrita supura una grandeza cruel e inútil. Me vienen a la mente las estatuas ecuestres, tan falsas, tan “empequeñecedoras” (disculpen el invento) de quién las mira. Donde ayer había ideas hoy hay metáforas interminables. Miles de pajas estilísticas, literatura del tedio. Los párrafos de sus novelas y ensayos acostumbran a ser kilométricos. Su prosa no respira. El envoltorio de su mensaje -y quizá el mensaje mismo- es la retórica, los vocablos medievales, las referencias a la Grecia clásica (o a los primeros liberales) y los latinajos, inevitables y abundantes. Siempre los cultismos jodiendo la credibilidad del texto. Porque básicamente, quieren intimidar. “Cuánto sé y qué tonta es la gente, qué inculta” piensa el imbécil ilustrado. Pues sí, sobretodo la gente que compra los libros con los que estos eruditos se mean encima de la propia ciudadanía.

Como opera el intelectual moderno: metodología del imbécil ilustrado
Todo imbécil ilustrado está satisfecho de tener su propio método. En eso no están solos: incluso para resultar imbécil debe uno escoger un camino. Maldito albedrío.
La maquinaria de demolición es (1) el materialismo que todo imbécil ilustrado adquirió en su época (todos la han pasado) de “loco joven y comunista”. Una vez se plantan frente al problema, aplican el escalpelo sobre la realidad para diseccionarla cual absceso tumefacto, con cara de asco. Cuando éste comienza a supurar una sustancia compuesta de injusticia, debilidad estructural, poder y enajenación, ellos disimulan. O colocan un parche. Que no se vea, que no luzca. “Donde no miro no duele”.
En este punto recurren a la segunda parte de su método, la (2) justificación de su ignorancia voluntaria mediante una exhibición desordenada de cultura apocalíptica e ideología democristiana (enemiga del materialismo administrado en la primera fase de análisis). Y en seguida los diagnósticos oscilan entre la ofuscación teórica y la inconsistencia más elemental: “el pueblo carece de una verdadera cultura democrática”, “la corrupción está instalada en las más altas esferas”, “entre todos, hemos destruido la verdadera solidaridad”, “el gobernante X ha sumido el país en una inestabilidad que ahuyenta a los inversores”, “debemos alentar un desarrollo sostenible, compatible con el bienestar de occidente”… cualquier cosa menos admitir que nos vamos a la mierda por culpa del capitalismo aplicado salvajemente, sin mesura, sin árbitros, sin responsabilidad.
Si algo es triste en la vida académica del imbécil ilustrado es su incapacidad, física y empíricamente demostrable, para aprehender el latido de un pueblo. No tienen ni pajolera idea de cómo se respira en la calle ¿Qué conocimiento se puede extraer de un viaje en bussiness, estancia en un cinco estrellas y una serie de reuniones con lo más neoliberal de cuanta autoridad democrática existe? ¿Cómo puede alguien dilucidar los problemas inmediatos y la dimensión antropológica del hombre común cuando hace años que no pisa un barrio a conciencia? Es radicalmente imposible percibir un problema sistémico desde la planta setenta y ocho, justo antes de degustar un pato a la naranja, justo después de un baño de sales en un jacuzzi.

¿Cuales son los planteamientos políticos del imbécil ilustrado?
El imbécil ilustrado tiene una idea fija: la gestión. Sí, sí, gestión, sin más. Conciben la política sin política. Los ideales son utopías. Lo que hace falta, según el imbécil ilustrado, es “buena gestión”. ¿Gestión de qué? ¿Gestión hacia donde? No lo aclaran, los imbéciles ilustrados adoran al vellocino de los procesos administrativos. Los fines, bueno, no son tan importantes. “Hay que desmitificar los fines”, sostienen.
En lo político, el imbécil ilustrado relativiza cruelmente la pobreza. “Pobres, siempre los ha habido”… Ya está, concluyó análisis: dos nanosegundos de esfuerzo neuronal. Simultáneamente, por darse algo de marcha al cuerpo, el imbécil ilustrado selecciona adversarios cuya motivación intelectual es la erradicación de la miseria y, así estos enemigos estén enfrascados en una lucha total contra occidente y su imperio, el imbécil ilustrado les reprende por no respetar las instituciones democráticas y, cómo no, por rebajarse a emplear el lenguaje de la gente:
-¡Populista!-Insulta un imbécil ilustrado.
-¡Corrupto!-Añade a la verborrea otro imbécil ilustrado.
El imbécil ilustrado dice tonterías a menudo. Muy a menudo. Pero el revestimiento retórico les excusa. La grandeza de su elocuencia es como un campo de fuerza que le impide ser criticado a fondo, como un elemento aislante que impermeabiliza su estupidez. Pero concretemos: los tics argumentativos y las reacciones negativas ante problemas sociales son incontables, dilatados y de largo alcance.
El primero de sus errores de análisis –y el más profundo tal vez- es el que consiste en, como sostiene Ulrich Beck, “buscar causas biográficas a problemas sistémicos”. Así, en un país en donde existe una polarización social del 5% de propietarios contra un 80% de pobreza (por ejemplo, Venezuela), ellos son capaces de diagnosticar, como causa, origen y razón de todos los males, la inoperancia de un gobierno que lleva cinco años en el poder. Y la solución es, por ejemplo, que vuelvan los socialdemócratas y/o democristianos que saquearon el país durante 40 años. ¡Allá es nada!
-Arguméntame esto Mario, que va en el dominical.- Solicita Cebrián enfrascado en su nueva campaña.
Otro error de planteamiento es atribuirle a la izquierda comportamientos de derechas cuando defiende estados que “no respetan los derechos humanos”. “Eso es un doble rasero imperdonable”, sostienen atribuyendo a las democracias occidentales la categoría de “defensoras de los derechos humanos”. El suyo es a la sazón un doble rasero del doble rasero, cuádruple rasero entonces. Vamos a ver si logro salir de este embrollo. El imbécil ilustrado dice: “en Cuba no respetan los derechos humanos y los izquierdistas que les apoyan son unos cínicos”. Bien, inicialmente tiene sentido, pero ¿no es doblemente cínico acusar a alguien de cínico siendo uno mismo un cínico crónico y recalcitrante? Es una incompatibilidad argumental flagrante ¿No es indigno cebarse en las libertades políticas de una nación pobre mientras se descuida, por poner un pequeño ejemplo, la ilegalización de partidos políticos o el cierre de periódicos en tu propio país? ¿Qué tipo de intelectual se presta a este juego? Lo adivinaron: el imbécil ilustrado.
El cuarto error (y prometo que tras éste, freno y me despido) es probablemente el más imbécil, el más suyo, vaya. Tiene que ver con la docilidad, con la sumisión. Los imbéciles ilustrados no perciben la normalidad como una ideología política. Habitualmente denuncian lo contestatario, lo crítico, como una anomalía. Sí, la “normalidad” para ellos es el punto de referencia moral: lo “normal” es lo “correcto”… ¡Cuando en realidad ambos extremos no pueden estar más alejados! Lo normal no está legitimado en sí mismo. La normalidad es únicamente lo instaurado. Las casas, la política, la familia y el trabajo tal y como los conocemos porque han existido así desde que las conocemos. La normalidad, por perpetua y por evidente, no encuentra validez en su propia existencia. Obviar esto es mandar la ética y los estudios culturales al carajo. Recientemente leí que “la ideología alcanza sus mejores resultados cuando es capaz de borrar sus propias huellas”1. En lo que respecta al imbécil ilustrado, el capitalismo ha borrado efectivamente sus huellas. Bajo la sombra de la “ideología de la normalidad”, los intelectuales imbéciles ilustrados legitiman la barbarie capitalista por habitual, por duradera, por persistente. Son profetas de lo establecido, eso son los imbéciles ilustrados.
Esta es la vida y estas son las costumbres de los imbéciles ilustrados. Dan rabia por lo que fueron. En su día fueron útiles, comprensivos, combativos. Hoy, son una rémora. Monstruos de editorial, parásitos del poder
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