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Carmen Domingo

"El diablo se viste de Prada" y yo, la verdad, encantada

Los puentes, si algo tiene, más en mi caso quizás, es que -familia mediante- me permiten ver películas de esas... de esas de comer palomitas. Bien. Este puente se prepara cinéfilo, o cinematográfico, más bien. Por el momento "El diablo se viste de Prada", y en breve "Salvador" y "World Trade Center". Bien, intenciones que cumpliré a rajatabla porque me espera una semanita de viajes y conferencias que bien se merecen un mini descanso mental mientras acabo de leer el manuscrito de mi libro sobre la posguerra española  y preparo mis charlas.

Hoy, ya lo he dicho, le ha tocado el turno a "El diablo se viste de Prada", una peli basada en una novela que, si os soy sincera, a mí ni me gustó ni me disgustó, un bets-séller más que pasará por mi vida sin pena ni gloria y que leí -os confieso- con la sana intención de que me sirviera de algo, o me diera ideas, para mi libro sobre la moda y tan sólo sirvió para hacerme olvidar que estaba metida en un avión durante unas horas. Bueno. Sin embargo, a pesar de eso la peli se merecía otro intento, a pesar de la lectura fallida quiero decir, porque el mundo de la moda me sigue gustando y aunque sólo fuera por ver algún conjunto sorprendente valía la pena. Así que me he puesto a ello.

A mí, para empezar, los diálogos, y las actuaciones de las dos protas -Meryl más que la otra, claro está- me han gustado, bueno, me han convencido. Meryl Strepp se ríe y llora en las películas con la misma credibilidad, vamos, que es una actriz actriz en una peli típica de Hollywood, tan típica como pudieron ser "Memorias de África", pero con muchísimo más glamour. La peli, que no pretende dar lecciones de nada, y sí pretende, y lo logra, cuidar mucho, muchísimo el vestuario, destila, sin embargo, moraleja típicas americanas: no te olvides de dónde vienes, quién eres, quién te quiere, quiénes son tus amigos y, claro está, que la fidelidad debes aplicarla a todo el mundo aunque sea a una verdadera víbora. Topicazos, sí, pero a lo mejor vistos así a alguien, que no los tenga claro, le sirven para metérselos en la cabeza. No hay mal que por bien no venga, ¿no? Aunque sea a través de unas gafas de Chanel, o taconeando con unos Jimmy Choo.

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