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Carmen Domingo

"El corazón helado", la nueva novela de Almudena Grandes

“La transición fue un proceso muy conveniente para los vencedores”

Carmen Domingo - Club Cultura enero 2007

"¡Me ha encantado! ¡Se lee de un tirón!”, así, a bocajarro y sólo eso le he dicho a Almudena Grandes en cuanto la he visto. Podía haberle preguntado cómo estaba, qué tal le había ido por la Feria del Libro de Guadalajara –hace apenas un par de días que ha vuelto de allí-, o incluso empezar saludando. Pero a veces los lectores tenemos la urgencia de decir lo que nos ha parecido una novela y ese era el caso; comentar la lectura de El corazón helado ha podido con formulismos de todo tipo. Se ha reído. “Pasa, pasa y ahora me cuentas. Pero… ¿cuánto has tardado en leerla?”

La pregunta no es casual. Almudena ha escrito casi mil páginas de una novela –o dos, o tres, o cuatro… “no es sólo una, son varias”, apunta- a lo largo y ancho de cuyas páginas transcurre la vida de dos familias –los Carrión y los Fernández-. Mil páginas narradas desde el estricto presente en las que vemos una veintena de personajes nos acompañan a lo largo de casi todo el siglo XX. Un hoy, el del 2005, desde el que nos hablan los nietos de esas dos familias, de vencedores y vencidos, cuyos abuelos nacen como personajes a nuestros ojos lectores durante la Segunda República Española; viven la guerra civil; sufren la posguerra –“de los ganadores y los perdedores”- y se ven involucrados en la transición. Y ahí se instala la ficción y permanece, en el después de una transición, el ahora, que acaba siendo el gran tema de la novela y que se apodera de todo.

“La transición ha sido un fenómeno que fracasó porque no ha sido útil para las generaciones sucesivas. No ha sido capaz de imponerse como una realidad estable en el espíritu de la sociedad española. Por eso la generación de los nietos, que es la primera que no ha tenido miedo, ha sido –hemos- la primera que se ha atrevido a hacer preguntas, no tanto por liquidar cuentas con el pasado, como por liquidar cuentas con el futuro”, asegura. Pero, entonces, ¿en realidad para quién ha servido la transición si todavía existen cuentas que saldar? “Pues para la generación que la hizo”, dice Almudena sin dudarlo. “Todo lo que pasa en el presente, lo que nos pasa, tiene que ver con la transición que hicieron nuestros padres. Que en el fondo fue muy provechosa para los que cortaban el bacalao y lo siguieron cortando, para los vencedores de la guerra y para sus descendientes, la clase poderosa. Pero en general fue un proceso conveniente para una generación entera, que era la generación del miedo y la generación del secreto.” Y esa generación del “secreto” en la novela no tiene un solo perfil ideológico, sino que recurre a un mecanismo poco frecuente y que hace que El corazón helado se distinga de otras narraciones que se sitúan dentro de las novelas en las que se trata la memoria porque incluye la visión de los nietos desde los dos bandos, porque todos heredaron el silencio: “Tanto los que ganaron la guerra como los que la perdieron”, concluye.

Una novela en la que, con el trasfondo obligado de la Guerra y sus consecuencias, vemos la doble evolución de los vencedores y los vencidos. Unos personajes que se pasean por la Segunda República, la Guerra Civil, la posguerra… momentos históricos que acaban por enganchar y no puedes alejarte de ellos. “Empecé a escribir esta novela por una cuestión de necesidad personal de escribir lo que pensaba, de dar mi opinión en un tema como éste. Cuando hace más de cuatro años empecé a leer ensayos históricos y memorias –dice Almudena- lo hice para ambientarme de cara a lo que sería El corazón helado y me enganché. Y ahora, aunque no necesito ya ambientarme, sigo enganchada. Pero no sólo a los momentos históricos clave, sino a aquellos que vivieron personajes que pueden parecer más secundarios. Mientras escribía la novela me aparecieron un montón de historias que no podía incluir en una trama que estaba cerrada desde el principio, pero que tengo ahí, guardadas para escribir sobre ellas: la guerrilla, la represión, la importancia que tuvo para las mujeres su participación en la Segunda República… No se pueden cerrar todas las historias, ni siquiera en una novela como ésta, hay personajes que inevitablemente se pierden y que los haré reaparecer en una serie de novelas cortas.
 
Almudena se enciende un cigarrillo mientras yo –que acabo de apagarlo- pienso en todos esos personajes –reales algunos y ficticios los más- que nos acompañan en El corazón helado: Besteiro, Largo Caballero, Casado y su imperdonable deslealtad y traición para con la República…, pero también Raquel, Álvaro, Angélica, Clara, Julio, Paloma, Teresa… “dirán que doy la versión de la Guerra del Partido Comunista, pero es que hago hincapié en algunas cosas que contradicen la versión oficial del golpe de Casado. O esa especie de miedo que ha habido a hablar mal de los aliados, que fueron los grandes culpables de lo que ocurrió aquí”. Y tiene razón, porque en España, como dice uno de los personajes de la novela, “para vivir aquí hay cosas que es mejor no saber”, y aunque sin duda le harán un juicio literario, porque forma parte de las reglas del juego tras la publicación de una novela, también se lo harán político. “Espero más ecuanimidad del literario y menos subjetividad que al juicio político que se le hará al libro. Aunque estoy acostumbrada a defenderme sola.”

Y esa franqueza desde la que habla hace que te des cuenta de que no es persona de medias tintas y entiendes de inmediato la evolución como narradora que han ido destilando a lo largo de sus novelas. “No escribo igual que antes, naturalmente, ni tampoco me mueven las mismas cosas. He madurado como persona y también como escritora. Madurar como escritor es ir encontrado estructuras, formatos, temas que permitan que tus virtudes brillen y que tus limitaciones no se noten –confiesa-. Ir encontrando vehículos favorables que te permitan decir lo que quieres. Mis cuatro primeras novelas son un ciclo de literatura testimonial que tenía que ver con mi generación y sus conflictos, y ahora he abierto más el diafragma y quiero profundizar en otros temas.” Puestas las cosas sobre la mesa, parece que Almudena puede pasar de ser la escritora de novela erótica que fue con Las edades de Lulú; la escritora femenina de Malena es un nombre de tango, la escritora decimonónica de Los aires difíciles a ser la autora republicana, política, roja… con El corazón helado. ¿Te van a tachar de guerracivilista? “Eso me da igual, si sobreviví a los comentarios tras Las edades de Lulú con 28 años…”

            Sin embargo estando como estamos en época de recuperaciones históricas, y a pesar de su marcado perfil político, Almudena se aleja de la reivindicación panfletaria desde el principio. “No iba a contar lo que había pasado, ni quienes eran los malos, que ya se sabe que los fascistas eran los malos. Me interesaba más cómo se reconstruía sentimentalmente lo que había pasado en las personas. La ideología lo impregna todo, lo significa todo, incluso para gente que dice que no tiene ideología, por eso lo interesante es contar sus sentimientos. Cómo se sienten  y cómo actúan los personajes inmersos en esa vida que les ha tocado vivir.”

Pero junto a lo sentimental hay un tema más literario que es la indecencia que reinaba en este país. “La indecencia absoluta de aquella represión tan feroz que hizo incluso que nos olvidáramos de algo que se le ha acabado hurtando a la memoria colectiva, y es que España fue el único país que se resistió al fascismo”. Casilda nos lo dice desde la novela “Vosotros no podéis entenderlo, nadie lo creería al vernos ahora, pero aquí hicimos algo grande, algo muy grande, de verdad”. Una resistencia heroica contra el fascismo que deja desde el bando franquista un sin número de episodios vergonzosos en nuestra historia reciente. Una historia que supera en muchos casos la ficción. Y esa verdad, para que los lectores no tengan –si fuera el caso- ni un amago de duda, es la misma Almudena la que nos la aclara en los agradecimientos finales donde ya advierte que los episodios más novelescos de la novela, los más incomprensibles, los más inverosímiles, son precisamente los que ocurrieron de verdad, por desgracia en España hubo un tiempo en el que el arte no llega ni a imitar la realidad. “Los hechos más brutales, los más dramáticos, los más singulares… para nuestra desgracia son reales y están ahí  Me daba mucha rabia que pudieran decir que me había inventado hechos que existieron y por eso lo aclaro. ¿Cómo se puede concebir Arucas? Yo estuve allí. ¿Cómo le cabe alguien en la cabeza… que se coja a setenta y tantos hombres se les tire a un pozo, vivos, no se les conceda ni la gracia del tiro en la nuca, y se les deje para que se mueran durante una semana enterrados y poner sólo cal viva encima del primero para que no puedan salir? Es inverosímil por completo.”

Y después de todo eso, ¿España sigue siendo un país de derechas? “No estoy tan segura de que España siga siendo un país de derechas. España es un país de derecha monolítica, y movilizada. Y España es un país de izquierda donde a menudo la izquierda es incomprensible, voluble e irresponsable. Desde la izquierda tenemos una tentación fortísima hacia el desgarro. Y siempre sale el que se enfada y que dice yo también quiero chupar cámara... La izquierda y la derecha se comportan de una forma distinta y probablemente también es herencia de esa época.”

¿Una novela es un vehículo tan bueno como cualquier otro para reflexionar sobre la realidad? “No es menos importante, ni menos certero”, asegura. De hecho, los novelistas del diecinueve que fueron los que empezaron a contar la historia de sus propios países fueron los grandes maestros del pensamiento de los ciudadanos de su época. Hoy no se puede concebir el pensamiento europeo sin las novelas de Galdós, de Flaubert o de Tolstoi. Por eso los hijos de Julio Carrión, cada uno de ellos, son un muestrario de las distintas actitudes de la sociedad española contemporánea. El que le trae sin cuidado el pasado –Julio-; la que no quiere sabe porque no quiere buscarse problemas –Clara-; la que tiene el conflicto de creer una cosa distinta de la que saber –Angélica-, el facha contemporáneo –Rafa- y el que se pregunta y quiere saber –Álvaro-. “No pretendo situarme por encima de la realidad, ni pretendo salir indemne de este reto. Ni de este fango sin mancharme. Pero creo que la conciencia colectiva española no tiene registrado que la Segunda República y la Guerra Civil española fueron grandes momentos históricos y al escribir ya sabía que una novela como esta tenía unos riegos y los asumo. Por eso soy solidaria con el punto de vista de  todos mis personajes; aunque quizás sí que me gustaría que la evolución de Álvaro en la novela haga que muchos de los que piensan que de qué sirve reabrir heridas vean por qué se hacen esas cosas.”

De hecho, el último capítulo de la novela tiene cierto valor universal en todo el tema de la recuperación de la memoria o de lo que significa la memoria, porque  es donde se ve que hay una dinámica generacional muy clara. “Cuando Álvaro dice que su gran error había sido darse cuenta de que su madre no iba a sufrir como él había sufrido eso tiene un cierto valor universal. Era una generación que tenía una sensibilidad muy particular, muy embotada. Unos porque habían perdido la guerra y otros porque probablemente habrían preferido ganarla limpiamente.”

Por eso Álvaro y Raquel –los dos protagonistas- nos dejan ver cómo en este momento la sociedad española en muchos sentidos es mucho más madura, más igualitaria, tiene un nivel de vida mucho más alto y mayor nivel cultural y eso mismo hace que se eliminen todas las tentaciones revolucionarias, aunque la herencia de la dictadura siga pesando mucho. “Es cierto que cuarenta años de dictadura no se pasan alegremente, como si nada, pero no lo es menos que la indecencia que vivimos ahora no se puede ni comparar a la que se vivió en la época de la guerra civil. Aunque se hayan creado unas estructuras de poder que inevitablemente han calado pero que no podemos dejar que se mantengan.”

Y ese resistirse a creer a pies juntillas todo lo que nos contaron. Ese comprobar en primera persona lo que pasó, esa franqueza al hablar de virtudes y  limitaciones propias, parte del éxito de una novelista que –basta con hacer un repaso a las listas de ventas- ha escalado todos los peldaños hasta colocarse en la más vendida, “a fuerza de constancia”. Y eso a pesar de que, “publicar un libro sin premio, en una editorial independiente, conlleva mucho trabajo, pero siento que defraudaría a mis lectores si aceptara alguno y no tengo ninguna intención”. ¿Hubo un tiempo en que los premios daban dinero y prestigio y ahora dan dinero y desprestigio? “Quizás estaría bien hablar en más de un caso de operaciones de marketing, así seríamos mucho más honestos con los lectores. En mi caso me siento una escritora privilegiada, porque tengo unos lectores que me lo consienten todo y que son mi libertad.” Y es cierto, porque ellos serán quienes, a partir de febrero, se acerquen a una librería a comprar El corazón helado y permitan que Almudena retome en unos meses en forma de novelas cortas las historias de todos esos personajes –Paloma, Casilda, Teresa…- a los que sólo hemos visto despuntar.

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