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Carmen Domingo

Cuatro encuentros desastrosos con celebridades

Así son los famosos, y así cuenta sus encuentros con ellos Francesc Miralles en el Avui:

El humorista norteamericano Fred Allen definió una vez así las celebridades: «Son aquellas personas que se esfuerzan toda la vida por ser conocidas y, cuando finalmente lo consiguen, llevan gafas oscuras para evitar ser reconocidas».
Ahora que otro Allen, Woody, corre por Barcelona y tocará el clarinete en la Casa Fuster, he tenido que pensar en el mundo de los famosos, concretamente en cuatro figuras con las que me topé en extrañas circunstancias.
De adolescente yo estaba enamorado de Suzanne Vega; era un tiempo oscuro en que yo escribía poesía y me creía la monda. Tanto era así, que en una ocasión envié a su dirección postal un poema horroroso: La avenida de mis sueños. Cuando metía la carta en el buzón, me dije: «No contestará».
Pero, sorpresas te da la vida, dos semanas más tarde recibí una postal de Nueva York con un retrato de Suzane y una línea manuscrita. En referencia a mi poema, decía: «Behind the words, it must be feeling» («Más allá de las palabras tiene que haber sentimiento»).
Al leer esto, me sentí herido en mi ego artístico e, indignado, despedacé la postal de Suzane.
Mi segundo encontronazo con la fama fue bastante más insólito. Todavía no había terminado el bachillerato, cuando el afterpunk de la clase ―se llamaba Edu― me pidió que le acompañara a ver los Depeche Mode en el entonces denominado Studio 54.

La sala del PAralelo estaba a reventar de cabellos de punta y vamps con los labios pintados de lila. Cuando finalizó el show, nos acercamos a los camerinos a husmear. Allí nos encontramos ante una puerta donde se apelotonaban más de doscientas chicas que gritaban como locas.
De pronto, se abrió y el segurata anunció: «Pueden pasar tres chicas». Entonces Edu me susurró al oído: «Tírate al suelo y empieza a gatear». Haciendo lo que me decía, repté entre talones de aguja y bambas Converse hasta que sentí un «cloc» detrás de mí.
Levanté la cabeza y, para mi sorpresa, me encontraba dentro del camerino con mi compañero y una chica menuda. Los Depeche Mode nos miraban asombrados.
Finalmente el cantante, David Gahan, sacó cervezas de la nevera y nos invitó a sentarnos con ellos en un sofá. ¡El sueño de todo fan! Pero no habíamos contado con una cruel realidad: ni Edu ni yo hablábamos una palabra de inglés. Por lo tanto, tras vaciar la botella en tres tragos, salimos de allí muy avergonzados.
El tercer encuentro desastroso con famosos fue un hecho tan puntual como doloroso. Tuvo lugar en el antiguo Zeleste de la calle Argenteria, donde Loquillo y los Trogloditas se dedicaron a rescatar temas de sus inicios.
Loquillo cantaba compulsivamente «No tengo dinero para una chupa de cuero" haciendo girar en alto una chaqueta de clavos. De repente, la soltó y voló hasta mi cara, pero con tan mala suerte que un clavo me partió el labio.
El cuarto encuentro tiene como protagonista la canción Eternal Flame, que las Bangels popularizaron a finales de los 80. Recuerdo que escuché esta canción tan romántica (Close your eyes, give me your hand...) por la radio en un momento especialmente triste para mí. Me encontraba dentro de un coche, de madrugada, al lado de una chica de la que estaba enamorado hacía años, pero que me daba calabazas.
Doce años después, cuando trabajaba de editor, una escritora mexicana me pidió el siguiente favor: «Este sábado llega Tom Kelly, un compositor rico y famoso que fue mi pareja, y quiero que me ayudes a montarle una fiesta».
Le pregunté qué discos había hecho y me dijo que se dedicaba a componer para otros artistas, como Madonna.
Finalmente le montamos una fiesta en una casa de El Masnou donde había un piano. Tom Kelly, con camisa progre y barba, al principio despertó curiosidad, pero tras cantar un par de temas suyos ―era curioso escuchar el Like a Virgin por un hombre―, la gente se cansó y fueron a tomar el fresco al patio. Como el final de una película, nos habíamos quedado los dos solos al piano, cuando le pregunté qué otras canciones había hecho. «¡Oh, muchas!», contestó, «Por ejemplo, a las Bangels les compuse Eternal Flame, que me ha dado mucha pasta».
Al oír esto, abrí mucho los ojos y le confesé que aquel tema era muy significativo para mí. Después de contarle la historia del coche, Tom Kelly rió y me dijo: «Pues ahora mismo la cantaré sólo para ti».
Mientras escuchaba los primeros compases de Eternal Flame tuve la impresión de que se había cerrado un círculo.

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