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Carmen Domingo

Valerie, la recepcionista robot

Navega uno por la red y se encuentar una con noticias que no dejan de fascinarme. Ahora resulta que una universidad norteamericana, sí, sí, U-NI-VER-SI-DAD, digo bien, ha decidido contratare (que más bien es comprar, pero bueno) a una recepcionista robot para que realice el mismo trabajo que, hasta ahora, realizaba Tina, o Bridget, o Mary... bueno, una persona. El fenómeno de los robots cumpliendo funciones que hasta ahora sólo podían realizar las personas no es nuevo, pero no deja de sorprenderme que se adapte a nuestra vida con la misma naturalidad con la que asuminos el aumento de la cesta de la compra.

Me cuesta pero lo comprendo, porque resulta que la robot en cuestión (voy a llamarla ya por su nombre de pila, que así la noto més próxima, Valerie) responde al teléfono, explica sus sesiones en el psiquiatra, comenta sus ilusiones de llegar a ser cantante e incluso -y esto es lo mejor- cuenta chismes acerca de su jefe. Lo de los chisme supongo yo que es para hacerla más humana, más completa, aunque se me ocurre que cualquier administrativa contando chismes de su jefe seguro que dura dos telediarios en la empresa. ¿La ventaja, la ventaja de tener una telefonista robot!!!, es que no la entendía. Pero seguí leyendo hasta encontrarla, y sí, ahí estaba: no recibe sueldo alguno. ¡Acabáramos!, ahora lo entiendo todo. Ahí es donde quería llegar.

Sí, sí, ya sé -antes de que se pongan a gritar los tecnócratas amenazándome de ingenua o, de lo que es peor de falta de conocimiento técnicos- que detrás de todo esto tiene que haber cerebros humanos que creen el robot, que instalen sus chips y circuitos pero... ¿no podían, mejor, creo, dedicar esos esfuerzos a crear un robot que realizara tareas que pueden suponer un peligro si las realiza una persona o directamente no puede realizarlas?
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